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El consumidor moderno, exhausto tras años de esperar fuera de boutiques relojeras de Ginebra, Madrid o Barcelona, ha comenzado a desviar su mirada hacia alternativas que brillan con luz propia. Estas piezas, forjadas con la misma precisión suiza, engranajes de acero pulido y espirales de silicio, no se sonrojan al compararse con esos codiciados "unicornios" de metal precioso que acaparan portadas en Instagram pero resultan tan imposibles de adquirir como un billete al espacio.
¿Qué pasa cuando un reloj fabricado por allá del 1954 que ha marcado tantas horas como las que puede haber en sus años de existencia y a miles de kilómetros, vuelve a casa por primera vez? Solo bastó con leer la respuesta en la cara del Jefe del taller vintage de Blancpain, Alanig Gaillard, al tomar entre sus expertas manos el protagonista de esta crónica: Un Blancpain Fifty Fathoms Rotomatic Incabloc de la colección privada de nuestro fundador.
Cuando dos grandes nombres (y sus creaciones) se unen para regalar al mundo de la relojería piezas icónicas, sabemos que el resultado no puede ser otro más que el de una joya horológica que además de cumplir con las funciones para las que fue creada, nos da una lección de historia. Esta, es la del venerado movimiento 95M de Movado y su icónica caja François Borgel (FB) para el Movado Cronograph Cronacvatic Ref. 19038.